Ayer fuimos a Navalquejigo. David y yo. Después del último tsunami, aún flotamos, aún navegamos y lo que es más importante: nadamos a contracorriente, que según mi padre, es algo que siempre me ha gustado. Después de la poderosa incertidumbre, ayer solo éramos una pareja que viajaba a alguna parte en un autobús verde, mientras la luz presolsticial nos acarciaba, y nosotros contentos de que así fuera. El autobús verde circulaba por la A-6, o lo que es lo mismo, carretera de La Coruña, paisaje tan conocido para mí como mis manos o mis pies, aunque haga tanto que dejé de circular por ella y que dejara de ser un sinónimo de vacaciones. A lo lejos, más o menos a la altura de Torrelodones, se sigue vislumbrando El canto del Pico, ese imponente caserón que alguién le regaló a Franco y que nunca utilizó. El lugar más idóneo para creer que en él habitan fantasmas, aunque esperemos que de ser así, entre ellos no se encuentre el de su ex-propietario.
Pueblos de la sierra de Madrid: la Navata, Torrelodones, Galapagar... Un mundo tan cercano geográficamente, pero tan ignoto para mí como el desierto del Sahara. Me sorprende siempre el poquísimo contacto que he tenido con la naturaleza que rodea Madrid. Es casi místico, como ocurre en Blade Runner, comprobar que a tan poca distancia de la gran jaula de asfalto, permanece un mundo intocado por el hombre, en el que pastan las vacas y el sol del atardecer declina a tempo lento sin ser acuciado por ningún reloj. Los relojes que marcan nuestra vida y determinan nuestro tiempo. Cuando aún estábamos en el bus, un niño le decía a su madre: "Vamos a morir porque hemos parado al lado del cementerio" Y acto seguido: "Nuestra vida es como esto: 'pii' y ya se ha pasado" Como niño que era, lo dijo riéndose, pero a la adulta que era yo y lo escuchó, le llamó poderosamente la atención la conciencia barroca de esta voz infantil.
Desde El Guijo, nuestro destino autobusístico, fuimos andando a Navalquejigo, porque una lugareña muy voluntariosa nos dio instrucciones bastante precisas de como hacerlo: campo a través; primero había que llegar a un picadero con el tejado rojo, ahí había que coger un camino de tierra hasta llegar a una puerta verde y después de la bifurcación, continuar a la izquierda. En principio parece bastante poco probable que así pueda llegarse a algún lugar, pero llegamos. El mítico pueblo para unos y desconocido para otros, lleva okupado alrededor de unos diez años, pero decir pueblo es decir mucho, es una agrupación de casas 3 o 4 enteras y rehabilitadas y las demás medio derruidas con parches por todos los lados; caravanas y autobuses multicolor con la típica estética okupa, una fuente, la estructura de una iglesia, algunas placas solares y poco más. Un poco decepcionante, pero fue hermoso ver el cielo rosa del atardecer y el río desde el campanario al que llegamos por una angosta y oscura escalera (como las de todos los campanarios, supongo)
Nubes de cielo de invierno y deseos lanzados al horizonte
En las Zorreras esperamos mucho tiempo el tren de vuelta con un frío glacial.
Pueblos de la sierra de Madrid: la Navata, Torrelodones, Galapagar... Un mundo tan cercano geográficamente, pero tan ignoto para mí como el desierto del Sahara. Me sorprende siempre el poquísimo contacto que he tenido con la naturaleza que rodea Madrid. Es casi místico, como ocurre en Blade Runner, comprobar que a tan poca distancia de la gran jaula de asfalto, permanece un mundo intocado por el hombre, en el que pastan las vacas y el sol del atardecer declina a tempo lento sin ser acuciado por ningún reloj. Los relojes que marcan nuestra vida y determinan nuestro tiempo. Cuando aún estábamos en el bus, un niño le decía a su madre: "Vamos a morir porque hemos parado al lado del cementerio" Y acto seguido: "Nuestra vida es como esto: 'pii' y ya se ha pasado" Como niño que era, lo dijo riéndose, pero a la adulta que era yo y lo escuchó, le llamó poderosamente la atención la conciencia barroca de esta voz infantil.
Desde El Guijo, nuestro destino autobusístico, fuimos andando a Navalquejigo, porque una lugareña muy voluntariosa nos dio instrucciones bastante precisas de como hacerlo: campo a través; primero había que llegar a un picadero con el tejado rojo, ahí había que coger un camino de tierra hasta llegar a una puerta verde y después de la bifurcación, continuar a la izquierda. En principio parece bastante poco probable que así pueda llegarse a algún lugar, pero llegamos. El mítico pueblo para unos y desconocido para otros, lleva okupado alrededor de unos diez años, pero decir pueblo es decir mucho, es una agrupación de casas 3 o 4 enteras y rehabilitadas y las demás medio derruidas con parches por todos los lados; caravanas y autobuses multicolor con la típica estética okupa, una fuente, la estructura de una iglesia, algunas placas solares y poco más. Un poco decepcionante, pero fue hermoso ver el cielo rosa del atardecer y el río desde el campanario al que llegamos por una angosta y oscura escalera (como las de todos los campanarios, supongo)
Nubes de cielo de invierno y deseos lanzados al horizonte
En las Zorreras esperamos mucho tiempo el tren de vuelta con un frío glacial.

Me ha encantado lo de la conciencia barroca del niño...Aunque es verdad que los niños a veces te sorprenden con frases así que ni un filósofo...
ResponderSuprimirUn beso enorme, garlo.