sábado 24 de diciembre de 2011
Looking throw the chimney
A mi también me gustaría ser Papa Noël, no quizá con ese nombre ni con ese traje, pero si tener sus mismas funciones. Y me gustaría por la fantasía bastante predecible del voyeurismo sano. Lo único que me llama la atención de una noche como la de ayer, es que tantísimas personas en tantos y tan diversos lugares estén haciendo prácticamente lo mismo en un margen horario acotado, con la única diferencia de los detalles. ¡Ah los detalles! Me gustaría poder observar algo tan simple y a la vez tan intrincado como una familia mientras cena. Ese microcosmos caleidoscópico, que puede contener en sí mismo el paraíso o el infierno, aunque también en numerosísimas ocasiones, el infierno del aburrimiento. Me llevaría mi nueva libreta verde con tapas de cuero y con todo ese magma, la psicóloga y socióloga potencial que soy, iría apuntando en ella conclusiones. A veces disparatadísimas, pero también alguna vez que otra daría en el blanco. No sé lo que pensaría de mí misma si pudiera verme cuando era una niña con ansias infinitas de diversión, las cuales chocaban de inmediato con el denominado y tan manido principio de realidad: una mesa en la cual se sentaban mis padres, hermana (a partir más o menos de mis 9 años) abuelos maternos omnipresentes y dos hermanas de mi abuela: una monja y una viuda desconsoladísima siempre de luto. No sé lo que hubiera hecho yo, pero sí sé que el mejor regalo que hubiera podido hacerme Mr. Noël, hubiera sido cambiarme de escenario y que las chorradas de mi padre, repetidas año tras año con precisión casi magnetofónica, hubieran pasado a ser solo un eco más en la noche. Convertirme en su ayudante, para a la vez de cotillear un poco, repartir regalos, que es algo que siempre hace feliz a la gente, en trineo volador.
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Trinos