miércoles 4 de enero de 2012


Estos días estoy releyendo con bastante lentitud The catcher in the rye, título que contiene mi segundo apellido con nombre de cereal.
Helen Rye, un pseudónimo muy americano.
Volviendo al libro, no recordaba que fuera tan triste ni que la traducción al español fuera tan nefasta; esa es una de las razones por las que avanzo como si las páginas pesaran, y otra porque como a Holden Caulfield, a mí también me expulsaron de un colegio y son muchas las emociones que fluctúan cuando leo, expresado de forma tan precisa, lo qué es y a lo qué conlleva el desarraigo adolescente. Mi colegio era de monjas y el suyo de pijos elitistas neoyorquinos, pero aun así, son varios los puntos que encuentro en común. De dos monjas habla en un capítulo el protagonista, pero a él le producen simpatía y entabla una conversación con ellas mientras desayuna en una cafetería, para ayudarlas. Lo curioso que este capítulo iba leyéndolo el otro día en el autobús y cuando levanté la vista, vi a dos monjas vestidas de azul (como la muñeca) de pie frente a la puerta de salida. Casualidades.
Quiero resaltar de esta relectura, algo que me maravilla: entre las páginas de El guardián entre el centeno, el tempus por una vez non fugit y entre tanta mutabilidad hay algo, que se mantiene inmutable a él:
"Pero lo mejor de ese museo era que todo estaba siempre en el mismo sitio. Nadie se movía. Podías ir allí cien mil veces y el esquimal habría acabado de pescar esos dos peces, los pájaros seguirían camino del sur, los ciervos seguirían bebiendo en esa charca con esos cuernos tan bonitos y esas patas tan bonitas y tan finas que tenían, y esa squaw con el pecho al aire seguiría tejiendo esa misma manta. Nada era diferente. Lo único diferente eras . No es que fueras mucho mayor o algo así. No era eso exactamente. Eras diferente, eso es todo. Esta vez llevabas abrigo. O el crío que había sido tu pareja la última vez en la fila tenía escarlatina y tenías una pareja distinta. O era una sustituta la que llevaba a la clase en lugar de la señorita Aigletinger. O habías oído a tu padre y a tu madre tener una pelea horrible en el baño. O acababas de pasar en la calle junto a uno de esos charcos que tenian un arco iris de gasolina. Quiero decir que de algún modo eras diferente, no puedo explicar lo que quiero decir. Y aunque pudiera, no sé si me apetecería hacerlo"

1 comentarios:

  1. Qué buena novela la de El guardián entre el centeno... También me gustaría releerla, pero de momento tengo una montaña de libros, y con los de reyes, más...

    A mí también me sale el yo misántropo en nochevieja (entre otras ocasiones, por ejemplo, con el mundial de fútbol), pero me ha gustado ver que no soy la única...

    ...Queda muy bien lo de Helen Rhys...¡Aunque falta el primer apellido! Tal vez no tenga traducción apropiada...Por cierto, hablando de escritires y centeno, hay una escritora anglosajona que se llamaba Jean Rhys. Escribió Ancho mar de los sargazos (o Wide Sargaso Sea), que es una especie de precuela imaginada de Jane Eyre...Te la recomiendo, si no la conoces...

    Un beso,

    LaPenca

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